Simon Glassman ha debutado como director de cine de una forma brillante, creativa e innovadora.
Buffet Infinity ha sido una película rara, como poco, que según avanzas te va atrapando poco a poco hasta estremecerse con cierta escena final inesperada.
Es cierto que no gustará a todo el mundo, ya que es un producto muy, pero que muy diferente a lo que Hollywood, o cualquier compañía comercial, nos tienen acostumbrados. Esta película estará compuesta por numerosos cortes publicitarios, pero hay algo atrás muy oscuro que hace que sus personajes corran un gran peligro.
Cada uno de los pintorescos personajes realizan una actuación cutre. Esto hace que combine a la perfección con la película en cuestión, dado que estamos ante una cinta con un toque ochentero/noventero con aires de cutrez.
Buffet Infinity si da un toque de aire fresco al cine de bajo presupuesto y al mercado en general.
Es difícil innovar en un género como el de tiburones, pero en ‘Algo bajo el agua’ lo han logrado. ¿Cómo? Añadiendo a unas protagonistas capaz de liarse a puñetazos o a patadas contra un tiburón, al más puro estilo Jason Statham.
Y nos reíamos nosotros por ver a Brock Lesnar levantar un tiburón blanco y hacerle un F5 en un comercial.
El resto de la trama, escenas y demás aglomerados que construyen esta película quedan completamente irrelevantes. Tienes que vértela, pero únicamente que sea por esos dos momentos tan espectaculares que, al terminar, te habrás dado cuenta de que habrá merecido la pena.
No hay como ver una película de estas dimensiones para darse cuenta de que no hay como estar vivo para alucinarte de las ideas tan surrealistas de algunos directores o, en muchos casos, de los propios actores que van improvisando con la marcha.
Se nota que he salido encantado de esta película, no es para menos. La sensación que yo tenía antes de ponerme a verla es que iba a ser pobre, una sombra de lo que algún día fue Sharknado y una mota de polvo de los que un día fue Tiburón de Steven Spielberg.
Y sí, lo ha sido. Pero con dos escenas que consiguen sostener toda la producción en sus hombros, dejando al más cinéfilo con el culo roto y sin tener ni idea de cómo catalogar o clasificar lo que acaba de ver.
“¡Qué muerto de novio!” es una comedia de terror noventera entrañable que, aunque de primer momento no tener un protagonista con el que podrías empatizar, poco a poco se hace de querer y toma una evolución necesaria para que el espectador consiga empatizar con él.
No estamos ante una gran producción con unos grandes efectos, pero no la necesita, al igual que otras comedias de la misma época o de la década anterior.
Rob Balaban consigue encajar cada pieza que le ofrecen de una forma impecable.
Y, por otro lado, tendremos ese final que no habrá sido del agrado de muchos, pero, desde mi punto de vista, creo que era totalmente necesario, para cerrar la historia de una forma entrañable.