La ley del deseo es un Almodóvar frontal, incómodo y sin filtros, probablemente uno de los más personales de su filmografía. La película aborda el deseo como una fuerza obsesiva y destructiva, sin ironía ni concesiones, algo que se agradece por su honestidad aunque también termina jugando en su contra. El relato se mueve entre la intensidad emocional y el exceso, con personajes definidos más por pulsiones que por evolución dramática, lo que genera momentos potentes pero también cierta sensación de artificio. Hay una crudeza muy de su época, tanto en la puesta en escena como en el tratamiento de la sexualidad, que hoy puede resultar irregular, pero que sigue teniendo valor como testimonio creativo y vital.
No es una película que busque agradar, sino exponer, y en ese sentido funciona mejor como pieza clave para entender al autor que como obra plenamente redonda. Un film interesante, imperfecto y significativo, incluso para los que como yo no conectan con su universo.
Objetivo: París es un thriller sobrio y seco que apuesta más por el realismo que por el espectáculo, y eso juega a su favor… y también en su contra. La película retrata el proceso de radicalización y la gestación de una pequeña célula yihadista desde una perspectiva casi documental, sin convertir a sus personajes en villanos carismáticos ni en genios del mal.
Aquí no hay épica, solo mediocridad, fanatismo y una inquietante normalidad que resulta incómoda precisamente por lo cercana que parece. El problema es que esa contención termina enfriando la propuesta: la infiltración del protagonista resulta algo demasiado sencilla y la narración carece de verdadera tensión dramática, quedándose a medio camino entre el cine de denuncia y el thriller político.
Aun así, es una película honesta, incómoda y valiente, que se agradece por lo que muestra más que por cómo lo cuenta. Un 6 bien ganado por su intención y su contexto, aunque podría haber llegado más lejos.