Nunca un silencio me había hecho llorar tanto.
El momento en el que Ainara entra sola a la Iglesia, se pone a llorar pidiendo la llamada de Dios, se echa a llorar y aparece su padre por la puerta... Absolute Cinema.
En verdad me da pena porque cómo es posible que con 17 años sepas que quieres ser monja de clausura toda tu vida ? No sé chica experimenta, vete de fiesta y bésate con quien quieras, si es que en verdad le gustaba el chico del coro.
Y la tía... desquiciada perdida cuando se entera, yo la entiendo porque quiere hacer de madre y "protegerla", bueno, si la chica quiere hacer pastas con sus hermanas las monjas y rezar 3 Aves María durante el día... ánimo.
Me rompió un poco el momento en el que están todas comiendo en el convento, en silencio, ni se miran, ni se tocan, no hablan,... no sé, un poco de vidilla, ¿no?
No te deja indiferente. Me parece una película que habla de algo muy difícil con una enorme sensibilidad: las heridas que pueden existir entre madres e hijas, incluso cuando hay amor. No busca señalar culpables, sino mostrar cómo cada generación carga con sus propias frustraciones, silencios y renuncias, y cómo esas cargas terminan pasando de unas personas a otras.
Lo que sostiene la película son, sin duda, las interpretaciones de Emma Suárez y Aura Garrido. No necesitan grandes discursos para transmitir el resentimiento, el cariño contenido, la decepción o el deseo de reconciliarse. Hay escenas en las que basta una mirada o un silencio para entender todo lo que no se han dicho durante años.
Destacaría una idea esencial: nadie llega a la maternidad o a la vida adulta siendo una persona completamente resuelta. Los padres también se equivocan, también arrastran heridas y, muchas veces, hacen daño sin querer. La película invita a mirar a la otra persona con más compasión, sin dejar de reconocer el dolor que ha causado.
Además, habla de algo que rara vez se muestra con tanta honestidad: querer mucho a alguien no siempre significa saber cuidarlo bien. El amor, por sí solo, no evita los malentendidos, las ausencias emocionales o las expectativas frustradas.
Al terminar deja una sensación agridulce, pero también esperanzadora. Parece decir que nunca es demasiado tarde para intentar comprender al otro y romper los patrones que hemos heredado. No siempre podemos cambiar el pasado, pero sí la forma en que elegimos relacionarnos a partir de él.
Es una de esas películas que contienen más verdad que espectáculo.
Una película preciosa, cuidada, lenta. Al principio sentía que no pasaba nada, precisamente lo destacable es esa detención y enfoque en lo cotidiano, en los silencios, en las miradas y en la intensidad de un primer amor. Ahí está la fuerza de la trama, en la estética del verano italiano, la luz cálida, la música clásica y contemporánea, y el hecho de que los personajes cambien con naturalidad entre italiano, inglés, francés y algo de alemán crean la sensación de estar observando una vida real, sin artificios. Todo parece vivido en lugar de interpretado. Qué maravilla.
Me gusta que los padres de Elio representen una forma de acompañar basada en la empatía y el respeto. No intentan decidir por él ni avergonzarlo, simplemente le permiten experimentar, equivocarse, amar y sufrir. Eso hace que el discurso final del padre sea el cierre perfecto.
El plano final, con Elio mirando a la chimenea mientras suena la música y vemos pasar todas sus emociones sin apenas palabras, transmite algo muy humano: comprender que un amor puede terminar y, aun así, cambiarte para siempre. Es una historia sobre el despertar, la vulnerabilidad y la memoria; sobre cómo algunas personas permanecen con nosotros mucho después de haberse ido.