Yo he pasado este fin de semana en una perrera, en un refugio, pero allí no había perros, sino humanos. Sé que las personas, más todavía cuando padecen esa dolencia llamada 'sexo masculino', no dan pena. Pero imaginadlos envueltos en pelo. Imaginadlos rascando la reja con las patitas. Imaginad que no hablan, y seguid leyendo.
La asociación Anavid es como un refugio canino para esa clase de personas. Una cosa que sacan adelante María Legaz, Jesús Muñoz y algunos voluntarios, y que da ayuda legal y psicológica a estos perros y les hace sentir como si fueran humanos. Recogen de las puertas de los juzgados y de las comisarías y de los hospitales a las víctimas invisibles de la violencia de género: hombres denunciados en falso, separados de sus hijos con triquiñuelas malsanas, y también a niños que fueron separados de sus padres o de sus madres, y a niños maltratados que no existen para el sistema, y a mujeres que, siendo víctimas de la violencia doméstica y en teoría 'víctimas de primera', han descubierto en sus propias carnes que se habla mucho de ayudas y luego nada.
Anavid celebra una vez al año una comida donde dan unos trofeos. Se los lleva, por ejemplo, un magrebí que viene con su mujer actual y su hijito, por el mérito de haber sobrevivido a una exmujer loca que lo cubría de denuncias y de órdenes de alejamiento mientras quemaba (ella) los pies de su bebé con un cuchillo candente, sin que servicios sociales viera nada raro. O a un hombre que lleva sin ver a sus hijos siete años sin un solo juicio oral, o a una abuela que ya no sabe qué cara tienen sus nietos, o una mujer que sufrió la violencia machista y después tuvo un novio que estaba aplastado por las denuncias falsas de una maltratadora.
«Cada mañana me despierto, pienso en mis hijos, lloro, pero me sacudo y me pongo a trabajar», dijo uno de estos galardonados. Y al imaginármelo sacudiéndose tras el lloro, como hace un perro, supe cómo contártelo.
Hay realidades y situaciones diferentes a mansalva
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a mano.
Yo he pasado este fin de semana en una perrera, en un refugio, pero allí no había perros, sino humanos. Sé que las personas, más todavía cuando padecen esa dolencia llamada 'sexo masculino', no dan pena. Pero imaginadlos envueltos en pelo. Imaginadlos rascando la reja con las patitas. Imaginad que no hablan, y seguid leyendo.
La asociación Anavid es como un refugio canino para esa clase de personas. Una cosa que sacan adelante María Legaz, Jesús Muñoz y algunos voluntarios, y que da ayuda legal y psicológica a estos perros y les hace sentir como si fueran humanos. Recogen de las puertas de los juzgados y de las comisarías y de los hospitales a las víctimas invisibles de la violencia de género: hombres denunciados en falso, separados de sus hijos con triquiñuelas malsanas, y también a niños que fueron separados de sus padres o de sus madres, y a niños maltratados que no existen para el sistema, y a mujeres que, siendo víctimas de la violencia doméstica y en teoría 'víctimas de primera', han descubierto en sus propias carnes que se habla mucho de ayudas y luego nada.
Anavid celebra una vez al año una comida donde dan unos trofeos. Se los lleva, por ejemplo, un magrebí que viene con su mujer actual y su hijito, por el mérito de haber sobrevivido a una exmujer loca que lo cubría de denuncias y de órdenes de alejamiento mientras quemaba (ella) los pies de su bebé con un cuchillo candente, sin que servicios sociales viera nada raro. O a un hombre que lleva sin ver a sus hijos siete años sin un solo juicio oral, o a una abuela que ya no sabe qué cara tienen sus nietos, o una mujer que sufrió la violencia machista y después tuvo un novio que estaba aplastado por las denuncias falsas de una maltratadora.
«Cada mañana me despierto, pienso en mis hijos, lloro, pero me sacudo y me pongo a trabajar», dijo uno de estos galardonados. Y al imaginármelo sacudiéndose tras el lloro, como hace un perro, supe cómo contártelo.
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